Derechos humanos y cárcel
Sobre los derechos humanos se puede hacer una afirmación inicial y sin titubeos: son un concepto que tiene definición e historia.En su caracterización, son muchas las palabras luminosas y sombrías, escritas y orales que han acompañado a esos derechos que nunca renuncian a sus planes de conquista y júbilo. Derechos que, según sus mejores intérpretes, pueden alcanzar la plenitud cuando resaltan en declaraciones con efecto de ley o cada vez que se conoce que las luchas políticas por su reconocimiento no han sido en vano.Al lado de la plenitud siempre queda algo por decir. La acogida constitucional y legal de los derechos humanos no es un pasaporte para festejar su conquista. El horizonte de las luchas civiles y políticas necesita ir abriéndose —cada día más— hasta encontrarse con las normas que propugnan una paz sin atenuantes y, así, alcanzar una feliz y celebratoria conjunción.Si los derechos humanos se entienden como una realidad histórica y no como una vana ideología filantrópica, si se identifican realmente con el destino social de la persona, la conclusión es que su impulso bien podría estar en las constituciones políticas, mas no su realización.Cuando el constituyente venezolano de 1999 mantuvo firme la voz para aprobar que el Estado garantizaría el respeto a los derechos humanos de los internos, estaba haciendo un acto de fe. Solo que, para ponerlo a prueba, para que no hubiera duda del compromiso, había que cruzar el puente para desarrollar el sentido de la norma. Algo que parece que no llegará nunca, si no hay un cambio en la dirección de los vientos.Desde aquel año, la puerta quedó abierta para otros y nuevos acompañamientos. Así llegó el Código Orgánico Penitenciario (COPE) de 2015, reformado en 2021 para marchar al ritmo impuesto por la Constitución y enfatizar la garantía de los derechos humanos de los presos.No obstante, esa forma legal de hallarse de nuevo con los derechos humanos en espacios de férreo control penal no ha podido amputar la violencia y la represión.Cuando el poder o los poderes hacen añicos las disposiciones del COPE que reiteran el respeto a los derechos humanos de los reclusos (artículo 4) y reconocen el "goce" de dieciocho derechos de los internos (artículo 15), el descenso de Dante Alighieri al Infierno de las cárceles en el primer canto de La Divina Comedia, es más expedito. Por la ceniza de los muertos en los centros penitenciarios sabemos —ahora— que el infierno es más terrenal de lo que podríamos imaginar. Donde cualquier carta o mandato de los derechos fundamentales de los presos es quemada, no por el "fuego que salva: la poesía", como dijera Pablo Rojas Guardia, sino por el irredento fuego de los bárbaros.La muerte de ocho internos en tres establecimientos penitenciarios, en un lapso de setenta y dos horas, de acuerdo a la información oficial, que extrañamente no reporta heridos, debe transmutarse en un llamado urgente a la conciencia ciudadana. Una convocatoria con mensaje justo: en materia de derechos humanos no estamos ni siquiera parados en el mismo sitio. Hemos retrocedido.