“El fuego es un ser íntimo”, Gaston Bachelard Cierto día de marzo salí a recorrer las calles junto a Tiziana. No era un paseo ordinario, más bien una expedición a otro mundo. El sonido incesante de los petardos —triquitraques— nos acompañaba a todas partes y mientras avanzábamos entre calles atiborradas de gente que iba y venía, al parecer sin una dirección clara, nos deteníamos de vez en cuando para levantar la vista y contemplar unas figuras enormes que se habían instalado por toda la ciudad. Parecía una realidad alterna que coexistía con la nuestra.
Si alguien ajeno a todo esto leyera lo anterior, podría pensar que está leyendo un relato de ciencia ficción y posiblemente lo es: una ciudad que se transforma en otra ciudad, que fractura el orden conocido y se entrega a un caos sagrado. Pero, mal que me pese, tiene toda la sensatez del mundo.
Cada marzo, las Fallas transforman Valencia en un escenario de arte, fuego e intensa vida colectiva. El núcleo son los monumentos falleros: conjuntos escultóricos de cartón, madera y materiales modernos que combinan sátira, crítica social y humor en escenas narrativas completas, con una estética singular poblada de figuras extrañas y referencias a la actualidad. Su valor no reside solo en el tamaño —en algunos casos imponente—, sino en su integración e impacto; que también se mide en cifras: en 2026, cerca de 9,8 millones de euros se destinaron a la construcción de alrededor de 800 fallas. Pero no son solo sus monumentos: se viven también en las mascletàs —espectáculos pirotécnicos diurnos donde el sonido es el protagonista—, la ofrenda a la Virgen de los Desamparados con miles de falleros en traje tradicional, los pasacalles de bandas y charangas, y los castillos de fuegos artificiales que iluminan las noches.
Todo este despliegue dura unos días. Luego, el 19 de marzo, en la noche de la cremà, todo termina: estas peculiares obras sucumben al fuego.
Ahora bien, esta experiencia me ha dejado interrogantes: ¿por qué construimos cosas que van a desaparecer? ¿qué ocurre con el tiempo que parece detenerse? ¿las ideas se pierden en el fuego?
Las respuestas conducen inexorablemente a tres claves, entrelazadas: efímero, tiempo y mensaje. Sobre ellas construyo lo que sigue.
Efímero viene del griego ephémeros: que dura un día. Designa lo que tiene escasa duración, casi un destello en el tiempo, pero también suele asociarse con lo frágil que apenas deja huella antes de desvanecerse.
Ahora bien, en las Fallas, lo efímero tiene una lógica propia; las acepciones anteriores no son aplicables: no es simplemente que duren poco, sino que su sentido —en sí mismo— está profundamente ligado a su evanescencia. Aunque no dejan huella física, sí dejan huella conceptual. Quizás esta aparente contradicción no sea un sinsentido, sino una clave de lectura: lo efímero no señala una limitación, sino una elección; no se trata de preservar sino de intensificar. Se suele decir que la escritura es la única manera de hacer eterno lo efímero, pero las Fallas proponen otro camino: hacer que un instante pese tanto que no necesite durar. Porque la belleza de una Falla no reside en su permanencia —que no tiene—, sino en su capacidad de existir plenamente, aun sabiendo que desaparecerá.
Por otra parte, como un mecanismo paradójico, durante las Fallas algo extraño sucede con el tiempo. Valencia parece habitar otra temporalidad: la rutina se disuelve, el ritmo se altera. No es simplemente caos, es otra forma de vivir la experiencia temporal, una interrupción en la que el tiempo deja de avanzar como lo hace habitualmente.
Tempus, en latín, significa medida, orden entre el antes y el después. En física, es la magnitud que ordena los acontecimientos. En filosofía es más complejo: Aristóteles lo entendió como la medida del movimiento, San Agustín lo conectó con el alma —el pasado como recuerdo, el futuro como expectativa, el presente como lo que se escurre entre los dedos—.
Durante las Fallas, el tiempo no es medida ni movimiento aristotélico, sino algo más cercano a San Agustín: “Un presente eterno que se escurre hacia esa nueva realidad”. Heidegger lo llamaría tiempo vivido, no el del reloj. Como si en medio del ruido y el fuego se abriera una grieta en el tiempo ordinario: un instante que no se mide, sino que se vive y que por su brevedad pesa más de lo que dura. Pessoa sostuvo que solo existe el presente; las Fallas hacen de esa idea una experiencia colectiva: la ciudad entera habita un presente absoluto, consiguiendo que un momento efímero sea perdurable.
Por último, en ese tiempo detenido, las obras —las Fallas— nos transmiten su mensaje: son, por naturaleza, objetos comunicativos. Contienen críticas a la política, a la sociedad, a nuestras propias contradicciones. Sabemos que la palabra mensaje viene del latín missus: lo que se manda de un lugar a otro. En teoría de la comunicación, el mensaje es el contenido que un emisor transmite a un receptor, a través de un canal.
Entonces, si las Fallas son el medio, la pregunta inevitable es si algo de lo que se quiere decir permanece. Si esas ideas subversivas logran atravesar el espectáculo o se disuelven con él. Si el fuego es el final del mensaje o si son esos mecanismos extraños de lo efímero y lo eterno los que hacen perdurar esos mensajes. No estoy seguro. Quizás la duda misma sea parte de la respuesta.
Tal vez el error esté en esperar un efecto inmediato. El arte no siempre cambia el mundo en el momento en que aparece, a veces hace algo más sutil: altera la forma en que percibimos, introduciendo una incomodidad que desplaza ligeramente lo que consideramos normal. No convence: descoloca.
Podríamos decir que el mensaje no arde con el fuego. Solo abandona la forma visible e ingresa lenta y pausadamente a esa zona que llamamos el inconsciente colectivo, y desde ahí posiblemente sucedan los cambios.
Como corolario, sostengo que estas ideas son una misma realidad vista desde tres ángulos. Lo efímero no se opone al significado: lo intensifica. La fugacidad de una Falla no la hace insignificante, la hace necesaria. El criterio no es cuánto dura, sino qué cambia en nosotros mientras dura. En eso reside la verdadera inteligencia de las Fallas: en haber comprendido, hace siglos, que lo que vale no necesita durar. Que la intensidad puede ser una forma de permanencia. Que quemar algo puede ser, también, una manera de preservarlo.
Ahora — 19 de marzo— desde la ventana observo cómo la Falla cerca de mi casa arde; las llamas consumen lo que tardó meses en construirse y en minutos dejará de existir. Poco después, el fuego empieza a apagarse; media hora más tarde, lo que era figura es ceniza. Las llamas van cediendo, ya muy tarde, alrededor de la medianoche, el bullicio ha menguado y la ciudad empieza, lentamente, a recordar que tiene otro ritmo.
Mñana, cuando despierte, las calles estarán despejadas, el orden habrá vuelto y donde antes había figuras que hablaban de nosotros, quedarán apenas restos y el espacio limpio. Y yo comenzaré a salir de esa realidad, algo distópica, para entrar en mi antigua realidad. Pienso, desde aquí, que tal vez solo entendemos algunas cosas en el instante exacto en que desaparecen. El tiempo vuelve a comenzar. Hasta el próximo marzo.