La condena de 28 años y tres meses contra Santiago Uribe, hermano del expresidente Álvaro Uribe, no solo cierra un largo expediente judicial: reabre, con más fuerza, la grieta política sobre el pasado paramilitar de Colombia.

Lo que dice la Corte

Ambas orillas coinciden en el dato duro: la Sala Penal de la Corte Suprema confirmó la sentencia que responsabiliza a Santiago Uribe de crear y financiar el grupo paramilitar “Los doce apóstoles” y de un homicidio agravado., El fallo lo declara coautor de concierto para delinquir agravado y homicidio agravado, en concurso de delitos de lesa humanidad, y precisa que “no procede recurso alguno” contra la decisión.

El relato afín al uribismo: dolor familiar y "injusticia"

En la narrativa cercana al uribismo, el énfasis está en el golpe humano y la sospecha sobre el proceso. Se subraya que la noticia es un “tema devastador” para la familia Uribe, mientras la defensa insiste en que hubo “falsos testigos e incluso manipulación mediática” y que Santiago Uribe estaría siendo “injustamente condenado”. El mensaje: la justicia debe acatarse, pero el fallo se presenta como producto de un montaje que aún puede ser combatido con “mecanismos jurídicos” y nuevos pronunciamientos legales.

La lectura opositora: cierre simbólico a la era paramilitar

Desde la vereda opositora, el foco se instala en la gravedad histórica: la Corte “ratificó la condena” por la creación y financiación de un grupo paramilitar que operó en Yarumal, vinculando el caso con décadas de denuncias sobre nexos entre élites políticas, ganaderos y paramilitarismo. El fallo se lee como una confirmación institucional de que esas alianzas sí existieron y pueden ser castigadas, aun cuando toquen al círculo más cercano de un expresidente.

Coincidencias y choque frontal

Todos aceptan los hechos formales —condena ratificada, delitos graves, historia de “Los doce apóstoles”— pero difieren radicalmente en el significado: ¿acto de justicia tardía o ejemplo de lawfare contra una familia poderosa? En esa tensión, el caso Santiago Uribe se vuelve espejo incómodo del pasado violento del país… y de su presente político polarizado.