Washington aprieta el cerco sobre La Habana y, al mismo tiempo, alimenta el guion perfecto de confrontación que el propio régimen necesita. Las nuevas sanciones contra Miguel Díaz-Canel y familiares de Raúl Castro son tanto castigo dirigido a la cúpula como munición política para todos los bandos.

Dos relatos opuestos de las mismas sanciones

Desde medios alineados con el gobierno cubano, la narrativa es clara: se trata de una “ceguera política” de Washington destinada a “reforzar las medidas de bloqueo y el escenario de conflicto entre Cuba y Estados Unidos”. Díaz‑Canel denuncia una “lista ilegítima de sanciones” y promete resistir la “arremetida imperial”, asegurando que la “agresividad y perversión del gobierno yanqui” chocará con la decisión de Cuba de “enfrentar los peores escenarios”. La Habana presenta el paquete de medidas como parte de un “recrudecimiento acumulado” que busca la “asfixia” de la isla para provocar un estallido social y fabricar un “pretexto para intervenir”.

En la misma línea, el canciller Bruno Rodríguez habla de una “vil inclusión” de Díaz‑Canel, su familia e instituciones cubanas en una lista “ilegítima y unilateral”, que sería “la última muestra del plan intervencionista estadounidense” para pintar a Cuba como amenaza a la seguridad de EE.UU.

La lectura opositora: golpear al corazón del poder económico

Los medios críticos al régimen subrayan otro ángulo: Washington combina sanciones personales, castigos a ministerios clave y golpe directo al conglomerado militar Gaesa, que “gestiona los principales sectores económicos del país, empezando por el turismo”. Presentan las medidas como parte de una estrategia para forzar cambios económicos y políticos, en un país que vive “su peor crisis económica y humanitaria desde el triunfo de la revolución castrista”.

En ese marco, la inculpación de Raúl Castro por el derribo de avionetas en 1996 y el endurecimiento del cerco –incluido un bloqueo petrolero de facto– se celebran en sectores del exilio y de la derecha hemisférica. El entusiasmo queda claro en X: el congresista republicano Carlos Giménez afirma que “no podría estar más feliz” con la imputación del “dictador Raúl Castro” y agradece a Trump por su “acción decisiva”, mensaje amplificado por Juan Guaidó.

Entre ambos relatos, la gran ausente sigue siendo la voz del ciudadano de a pie en Cuba, atrapado entre la asfixia económica externa y la opacidad interna del régimen.

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