Diosdado Cabello quiere aparecer como el muro infranqueable frente a María Corina Machado, pero al mismo tiempo deja la puerta abierta a ciertos opositores “tolerados”. En el centro de esa contradicción se juega hoy la narrativa del poder y de la oposición sobre el futuro político de Venezuela.

Por un lado, Cabello niega de plano cualquier negociación con Machado o con el sector que la respalda. Desde su tribuna televisiva, descalificó la idea misma de sentarse con ella tras el llamado “Manifiesto de Panamá” que alude a conversaciones para nuevas elecciones presidenciales. Su mensaje es tajante: “Con esa gente no estamos negociando nada” y califica a ese sector como “extremismo político”, “estúpidos políticos” y “enfermos políticos”, marcando una línea roja personalista más que programática.

Pero, al mismo tiempo, el propio Cabello reconoce que sí hay puentes con otros opositores: diputados, gobernadores, concejales y alcaldes con los que, dice, se mantienen “constantemente conversaciones” y a quienes el chavismo “no maltrata”. Es decir, no hay diálogo con la disidencia más incómoda, pero sí con una oposición institucionalizada que el poder presenta como “responsable”.

La otra cara de la tensión es la figura de Machado, convertida en eje de expectativa interna y externa. Mientras se habla de que “liderará negociación política para restaurar la democracia en Venezuela”, Cabello lanza una advertencia en tono cínico sobre su regreso al país: “La estamos esperando, ojalá venga rápido”.

El contraste es claro: para el chavismo duro, Machado es el enemigo irreductible; para buena parte de la oposición, es la carta principal para forzar un rediseño democrático. Entre la amenaza velada y la promesa de negociación, el régimen intenta dividir y domesticar a la oposición, mientras la oposición busca que el costo internacional de tocar a su líder suba cada día más.