La tierra sigue temblando en Filipinas, pero lo que más se mueve ahora es el relato político sobre el terremoto de 7,8 grados en Mindanao y la respuesta del Estado. Mientras el conteo de muertos sube a 37 y los heridos superan los 470, gobierno y prensa crítica dibujan dos versiones del mismo desastre.
El parte oficial: control, protocolos y resiliencia
Los medios alineados con el Ejecutivo subrayan la capacidad de respuesta y el orden institucional. Uno de ellos destaca que las autoridades confirmaron primero 35 fallecidos y 134 heridos, con más de 10.000 familias afectadas, enfatizando que el presidente Ferdinand Marcos aseguró que las autoridades “están coordinando la respuesta al desastre y el monitoreo en todas las áreas afectadas”1. Otro medio oficialista recalca el dramatismo, pero también la preparación: una escuela primaria en Dávao Occidental vivió “momentos de terror” durante el temblor, mientras maestros y alumnos aplicaban de inmediato el protocolo de “agacharse, cubrirse y sujetarse”2.
En la actualización más reciente, la misma línea informativa habla de “37 muertos, más de 470 heridos y unas 145.000 personas directamente afectadas”, con más de 31.700 en 54 refugios y otras 9.000 alojadas con familiares o amigos. Se subraya que 2.505 viviendas resultaron dañadas, 460 de ellas destruidas, y que unas 6.000 escuelas públicas deberán ser evaluadas antes de reabrir: “no podemos forzar la reapertura inmediata” de centros con grietas, advierten las autoridades3.
La mirada crítica: mismos datos, otra lectura
La prensa de oposición no discute las cifras, pero cambia el foco. Destaca igualmente que “sube a 37 la cifra de muertos por terremoto de 7,8 en Filipinas”4, pero resalta la magnitud del desplazamiento: 40.674 personas forzadas a dejar sus hogares, 31.701 en refugios temporales y una ciudad, General Santos, entre las más golpeadas, con edificios derrumbados y familias hacinadas en albergues de emergencia4.
Mientras el relato oficial insiste en la coordinación y la gestión del riesgo en un país acostumbrado a vivir en el Anillo de Fuego del Pacífico3, la versión crítica pone el énfasis en la precariedad de las infraestructuras, la destrucción de viviendas y la dependencia de refugios masivos. Mismos números, pero dos historias distintas sobre quién está realmente protegiendo a los filipinos cuando el suelo se abre.