E.M. Cioran: contra la historia (parte II)
Mientras más se revuelve uno en la miseria, más nos abocamos a la empresa de reformar todo, tanto con el pensamiento como a través de la acción. O sea, mientras más desprovisto está uno de todo, más ganas nos dan de gritar a todo pulmón la frase lapidaria de Cioran: “...el aire es irritante: ¡que cambie! Y también la piedra. Y el vegetal, y el hombre”.Tal pareciera ser la consigna de quien se aboca a las virtudes yprestigios de la utopía. Querer poseerlo todo es entregarse a laembriaguez que proporcionan los alcoholes de la ilusión, es decir, de la utopía. Recuérdese que son los indigentes —su delirio, para decirlo con más precisión— quienes, entregados a los relentes de la utopía, son la fuente de los acaecimientos llamados históricos; sin ellos, estamos seguros, jamás se hubiese concebido una utopía.Es en razón de ellos, o mejor dicho, gracias a ellos que podemospasearnos por las boberías contenidas en las utopías de un Tomás Moro, Charles Fourier, Campanella o cualquier otro utopista de talla menor.Veamos la opinión de Cioran respecto de los atractivos de la utopía:“El delirio de los indigentes es generador de acontecimientos, fuentede historia: una turba de enfebrecidos quiere otro mundo aquí abajo y para pronto. Son ellos los que inspiran las utopías, es a causa deellos que se escriben. Pero recordemos que utopía significa ningunaparte”.Valdría la pena detenerse un poco a intentar conocer la procedencia de esas ciudades doradas, llenas hasta el vómito de una felicidadinabarcable; donde cada gesto de bondad parece un ataque de vértigo.Donde el mal es totalmente desconocido y los habitantes de esasinmensas prisiones están exentos de hastío. No dudamos en atribuirlesun origen telúrico-histórico: son producto de la endemoniada pesadilla racionalista, de la idolatría de esa “prostituta universal” llamada ciencia y de sus sucedáneos.Por otra parte, el hombre no cesa de diseñar utopías, mundosperfectos; inclusive se lanza a sus insondables abismos con másvehemencia que la imaginable en la confección de un Apocalipsis. Es más, este último no es tan peligroso como la utopía; pues laspropiedades de la utopía son sobradamente conocidas:“Hace soñar, emborracha a los pueblos; engendrando en ellos falsas expectativas, exagera sus reacciones; encona sus antiguas llagas, los atormenta inútilmente conduciéndolos al delirio de la grandeza o al de la persecución; hace, en fin, a las naciones amargas, vanas e insoportables (...). Otro tanto sucede con el hombre, esa experiencia macabra, ese himno destruido, arrogante, incapaz de humillarse ante la densidad de su vacío; ese plagio de carne que se hace sentir a través de la historia siempre renovada, el cuento del supuesto ascenso del género cristalizado en sapiens totalmente devaluado, el cual ha construido un pedestal de mentiras con la justificación del progreso”.Habría que buscar, en consecuencia, la certeza de la utopía y de suhacedor en “el futuro manifiesto de la descomposición que busca lasalida emergente en los huesos y la podredumbre”.Las reflexiones del escritor sobre la utopía son más bien ejerciciosde antiutopías, son la más viva herejía de un escéptico maldito alcual no le encandilan ni las utopías cristianas ni las utopíasateológicas. Con respecto a las primeras nos dice: “El cristianismo vino a remover en el hombre su propensión a la esperanza y a la autoconmiseración, a la violencia y al libertinaje (penitencia y desenfreno, remordimiento y lujuria, son dos caras de una misma moneda) y el temor a la muerte”.Cioran siente asco por los destinos religiosos, no así por aquellosespíritus impregnados de una cierta religiosidad sin religión, laespera mesiánica y la particular obsesión en su destino que secumpliría según la profecía que postula una humanidad liberada de la injusticia, de la violencia y de la alienación. Como contrapartida de ello, Cioran busca —si bien se le puede llamar así— el consuelo en un remoto pasado inmemorial, refractario a los siglos y anterior al devenir. No obstante, sabiendo que el hombre fabrica con demasiada facilidad utopías que ocupan el lugar de sus continuas decepciones y sus fracasos constitutivos; pues el hombre es un animal atareado, febril por instinto, que no concibe el ocio —la santidad del ocio—, no es capaz de aceptar el silencio, ni aun después de la muerte.El escritor se burla con brutal mordacidad de sus propias afirmaciones. Y si alguna vitalidad tiene su pensamiento, ella resideen el humor sarcástico, en la ironía (que algunos tomarán porpesimismo, amargura o llamarán, indistintamente, escepticismo onihilismo).Las reflexiones de este desengañado sobre el futuro de la humanidad están destinadas a desprestigiar las grandes mayúsculas, los sacrosantos conceptos que orlan la cultura dominante; su sarcasmo nos obliga a reconsiderar no solo nuestra manera de hablar, sino toda la estructura de nuestro pensamiento embotado por clichés y eslóganes académicos.

TL;DR
- Las utopías nacen del descontento y el delirio de los desposeídos, quienes son la fuente de la historia.
- La ciencia y el racionalismo son vistos como orígenes de las utopías, consideradas pesadillas que generan falsas expectativas.
- Las utopías son más peligrosas que el Apocalipsis, ya que embriagan a los pueblos y generan tormentos.
- Cioran rechaza tanto las utopías cristianas como las ateas, buscando consuelo en un pasado inmemorial.
- El pensamiento del autor, marcado por el sarcasmo y la ironía, busca deconstruir conceptos culturales dominantes.