Opposition
Todos los hombres del presidente, 50 años
Hace 50 años, la década prodigiosa del cine americano aportaba un grano de arena adicional a la renovación de una cinematografía vapuleada por la televisión y los cambios culturales. Los 60 habían sido terribles para una industria que no había sabido leer la rebeldía de una generación hastiada de una guerra lejana e injustificable. Por suerte, un grupo inorgánico de realizadores inquietos venidos de la televisión o de las nuevas escuelas de cine generaron un cambio tectónico. El primer viento fresco pudo haber sido Bonnie and Clyde con su batido de violencia y amor desbocado, en 1967. Y luego vino El Padrino a dibujar una nueva fisonomía del poder en 1971, Calles peligrosas desnudó una Nueva York salvaje en 1973. Con Arthur Penn, Francis Ford Coppola y Martin Scorsese, entre muchos otros, el genio había escapado de la botella. Faltaba una perla: el thriller político propiamente dicho.El cine americano había abordado la política, por supuesto. Pero era más una cuestión de intrigas palaciegas: Tormenta sobre Washington (Advise and consent), 1962 de Otto Preminger o la adaptación de Todos los hombres del rey por Robert Rossen en 1949. Pero el cine político preñado por el policial era patrimonio europeo. Los italianos de la Terza generazione de neorrealistas lo habían inaugurado con títulos como Manos sucias sobre la ciudad (Francesco Rosi, 1963), pero en 1970 una película había dinamitado todas las expectativas. Z de Costa Gavras era una denuncia en clave de thriller eléctrico sobre el asesinato a manos del gobierno griego del parlamentario Grigoris Lambrakis. Ganó Cannes, dos óscars y estableció un género nuevo.En 1974, Richard Nixon presidente de Estados Unidos, tuvo que renunciar. No por haber espiado a sus adversarios, ni por haber montado un equipo de tramposos profesionales, ni por haber sido grabado planeando cochinadas electorales en lenguaje digno de Milei o de Trump, sino por haber sido descubierto encubriendo todas esas marramucias. El libro resultante parafraseaba la novela y película de 1949 y se llamó Todos los hombres del presidente. Trataba no de los delitos del presidente, sino de la investigación que los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward habían llevado a cabo y que terminaron con la carrera de Nixon. Era una película política que venía a explotar en una sociedad hastiada de Vietnam e indignada por los excesos de una parte de su clase política. Un thriller contado en clave policial, protagonizado por Dustin Hoffman y Robert Redford y dirigido por un director que ya había hecho sus armas en el género con una fantasía conspiranoica de 1974 llamada The parallax view. Solo que ahora los delitos no eran imaginarios sino recientes y muy documentados. Una puesta al día en clave intransferiblemente americana de sus homólogos europeosVale la pena volver a verla porque las cinco décadas no le han hecho mella. El libreto sigue el caso desde que un adormilado Bob Woodward (Robert Redford) huele algo sospechoso en cinco ladrones nocturnos en el cuartel general demócrata en el hotel Watergate. A partir de ahí, la película va tejiendo una madeja sutil de pequeños detalles que apenas si revelan la parte visible del iceberg. En parte porque es inconcebible (a pesar de los antecedentes de Nixon, apodado Tricky Dick (Dick el tramposo) que todo el estamento ejecutivo americano estuviera implicado en una trama tan sucia. Pero en ese momento entra, sin entrar en escena una fuente clave. Garganta profunda (en alusión a la película porno del mismo título) no aparecía sino como un informante anónimo y la película apenas si lo insinúa con la silueta de Hal Holbrook. En ese momento no se sabía quién era y la película no hace sino acentuar ese enigma. El asunto se resolvería con la salida del closet periodístico de Garganta profunda en mayo del 2005: era Mark Felt, el número dos del FBI.Es con su concurso que la trama completa de Watergate se dibuja y la película logra un ritmo apasionante. Lo que comenzó como un camino a tientas, observado por el escepticismo de los periodistas más viejos del Washington Post, va ganando en espesor y tensión. Algo bastante ilógico si se piensa en una trama de palabras, conferencias, reuniones y titulares. Pero hay mucho de genio en esa reconstrucción apasionada de los hechos por dos periodistas, jóvenes, algo ingenuos, ciertamente muy ambiciosos. Y, guinda de la torta, una actuación superlativa de Jason Robards como Ben Bradlee, el mítico editor del Washington Post. Conviene reverla, en estos tiempos en los cuales aquellas travesuras se pagaban muy caras. Comparados con aquellos hombres del presidente, los de hoy, la verdad, dan pena ajena.
hace 15 días




