Rusia también guardó silencio
La nieve apenas acariciaba sinuosamente las calzadas adyacentes al Kremlin. Cielo gris como en una estampida sideral de nubes alineadas al comienzo del invierno ruso. Los ciudadanos discurrían entre gruesos abrigos que dejaron los percheros para enfundarse en pieles moscovitas. La plaza roja, como en una puesta en escena. En el bulevar Tverskoy, en donde se cobija una mansión de cuatro pisos de arte barroco con el célebre café Pushkin como epicentro, no se imaginaban que, mientras tomaban las primeras tazas de chocolate, a mil quinientos kilómetros de ahí los picos se estrellaban contra las losas para derribar el muro de Berlín. Dos pueblos que en realidad eran uno y que fueron abruptamente separados por la argucia de las superpotencias decidían acabar con el horror y poder estrechar después de décadas de sometimiento las manos de sus hermanos. El fervor atravesó la pared, cayéndose entre la ilusión y la esperanza de verse libres. Era acabar con el lagarto prehistórico del comunismo internacional. En ese tiempo, Vladimir Putin era agente de la KGB en Dresde. De pronto, la gente rodeó el edificio para acabar con aquel tenebroso equipo de espías. Putin llamó a Moscú para solicitar ayuda, pero nadie respondió. Fue así como rápidamente comprendió que todo había cambiado. Semanas después, la bandera de la URSS era arriada entre dejos de melancolía. Las quince repúblicas que componían el país se independizaron. Era la muerte de su socialismo de cortinas de hierro y el horror helando las venas inocentes. Bajo el cielo moscovita se izó la bandera rusa. Mijaíl Gorbachov había renunciado, apareciendo Boris Yeltsin en la escena protagónica. La derrota histórica marcó su recorrido.