Quincalla de lemas
Los lemas y las consignas siempre han acompañado a las unidades militares. Recién llegado como subteniente al cuartel Libertador en Maracaibo las formaciones de lista y parte eran repetitivas con el lema del Batallón de Infantería Venezuela número 21. "Siempre alerta y en acción" era el grito de guerra de la unidad. Cuando se leía la orden de servicio durante la formación, estando correctamente a discreción, al momento de oírse la lectura de las transcripciones del pensamiento del libertador, la reacción enérgica era pararse firme y gritar duro ¡padre de cinco naciones! Los lemas en las unidades de selva eran “selva por Venezuela”. Igual para los paracaidistas y los cazadores. Los eslóganes, como arengas para la guerra y para el combate, son normales. Necesarios para el comandante y para la tropa. Son parte de los alientos para entrar en el sudor del vivac y para poder calar la bayoneta en el fusil sin que la duda paralice al soldado. Es una manera de darse ánimo ante una encrucijada de vida o de muerte. Eso solo lo entiende quien se haya calzado la media bota y cargado el equipo de campaña con el fusil terciado. Pero como mantras, para la política en los cuarteles son anormales, innecesarios. En algún momento, en el Ejército se puso de moda: “trabajo y trabajo". Después, el nuevo jefe que llegó consideró que había que poner un poco más de esfuerzo y puso de moda: "Trabajo, trabajo y más trabajo". Ya estaba caminando el golpe de Estado de 1992 cuando en cada cuartel, en los tiempos del general Carlos Peñaloza, se tapizaron las paredes de los cuarteles con unas placas de metal que recitaban gritando en el hierro: “un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria. No es el árbitro de las leyes ni del gobierno. Es el defensor de su libertad”. Al día siguiente de recibir el cargo de comandante general del Ejército, el general Pedro Remigio Rangel Rojas cubrió todos los cuarteles con el lema: "Hay que volver a Carabobo". Ya ustedes tienen la experiencia de 27 años después de cómo fue esa vuelta en revolución al cerro de Buenavista, luego de atravesar la pica de La Mona, transcurridos casi doscientos años. Ya el golpe venía rodando desde 1983 y se había concebido e incubado desde la década de los 70. La consigna de la Academia Militar de Venezuela empezaba a migrar de: “forjar hombres dignos y útiles a la patria”, al rojo rojito de la “cuna de la revolución”.