Adikia
Por Dios Santo, sin duda alguna, hay decisiones que no solo indignan, sino que repugnan, sublevan lo más sagrado en el corazón y provocan una mezcla de asco y furia, lo que resulta imposible disimular. Los griegos definieron como Adikia ese estilo de injusticia, en sentido profundo que genera una ruptura del orden moral. Contiene un sentido de desproporción grave, una desviación que hiere el equilibrio de la polis. La reciente autorización de Estados Unidos para que el aparato estatal venezolano financie la defensa penal de Nicolás Maduro y Cilia Flores en Nueva York no es un simple episodio procesal, ni una concesión técnica en medio de un juicio complejo, es Adikia. Es la cristalización de una anomalía profunda, es decir, la conversión del dinero público venezolano -ese que pertenece a millones de ciudadanos víctimas empobrecidos- en un instrumento de protección personal de quienes, precisamente, están acusados de haber contribuido a la devastación institucional de nuestra patria. Lo que se presenta como una excepción jurídica termina revelándose como una escena obscena, repugnante y asquerosa en la que el poder no solo se protege, sino que lo hace utilizando los restos de aquello que ha contribuido a destruir.