La plaza Bolívar
La configuración urbana de las ciudades hispanoamericanas no fue producto del azar ni de la improvisación, sino el resultado de una política deliberada de la Corona española orientada a poblar, ordenar y dominar el territorio americano mediante precisos instrumentos jurídicos. Desde las primeras capitulaciones hasta su formulación más acabada en las Ordenanzas de 1573, en tiempos de Felipe II, y la posterior Recopilación de las Leyes de Indias, se estableció un modelo urbano en el que la ciudad debía fundarse con orden y siguiendo las regulaciones dictadas al efecto, partiendo de una plaza mayor como núcleo generador del trazado. Este espacio era el corazón político, religioso y social de la ciudad; en torno a él se ubicaban la iglesia, el cabildo y las casas de gobierno, haciendo visible la articulación de los poderes civil y eclesiástico. Como bien lo explica Allan R. Brewer-Carías, en su libro La ciudad ordenada (1997): «La forma y diseño de la ciudad americana –latinoamericana– es, sin duda, uno de los grandes legados que dejaron los españoles en la conquista y colonización de América», añadiendo que dicho modelo se siguió invariablemente en la fundación de pueblos, villas y ciudades desde comienzos del siglo XVI. Esta uniformidad no era casual, pues respondía a la necesidad de afirmar la soberanía mediante el acto formal de poblar, ya que descubrir y poblar constituía el mandato esencial de los conquistadores, quienes debían trazar las ciudades «a cordel y regla», generando la característica cuadrícula o damero que aún define gran parte del paisaje urbano hispanoamericano.