La izquierda como onanismo moral
Tomemos un ejemplo poco discutible de gestión catastrófica: desde que gobierna Sánchez hasta 2025, las agresiones sexuales con penetración aumentaron 215% (datos Ministerio del Interior). No hay modo de enfocar esto sin condenarlo, sin pedir dimisiones, sin reclamar responsabilidades, sin exigir un giro radical en la ley y en las políticas. Bueno, sí lo hay: ser de izquierdas. Entonces siempre despejas el balón: los jueces no aplican bien la ley porque son machistas, hay que formarlos en cuestiones «de género». O bien niegas los datos, a sabiendas de la incompatibilidad del ser de izquierdas con lo fáctico. ¿Qué es la verdad, Claudia? O arguyes que antes de Sánchez las violaciones no se denunciaban tanto. Averígualo, Vargas. O bien, a la desesperada, aseguras que si no gobernara Pedro Sánchez se violaría más. Cuando eres de izquierdas sientes que un caparazón te protege, como si fueras un armadillo. No, un ciempiés. Es el caparazón de la superioridad moral, una sensación duradera, posiblemente provocada por algún tipo de endorfina, por la que el adicto llega a emocionarse al pensar en lo bueno que es. Aunque el afectado no piensa en la palabra «bueno» de manera literal. Tiende más a «solidario», «concienciado», e incluso recurre al podrido comodín «comprometido».