El ministro Octavio Lepage y el asesinato de Jorge Rodríguez
Morir en prisión un político no es nuevo para los venezolanos. Francisco Miranda en la Carraca, los de Gómez en la Rotunda, de Pérez Jiménez en su Seguridad Nacional y Jorge Rodríguez en la Disip. Pero en este caso, sus autores pagaron el crimen y de ello dio cuenta el entonces ministro de Relaciones Interiores –por lo demás incomparable— con los que han ejercido ese cargo en tiempo de la corporación militar, civil, política y económica de este siglo XXI, aferrados al poder con la “perversidad y maldad” humana, narrada literariamente por Edgar Allan Poe en su vasta obra con razonamientos bíblicos "torcer" o "enredar" y científicamente “el perverso no suele experimentar culpa ni angustia por sus actos”. Llamándoles también "el diablillo de lo perverso", es decir, "a hacer lo peor para uno mismo o para otros, a pesar de conocer las consecuencias negativas", lo que observamos como característico en determinados delincuentes, sobre todo en los que ven en el erario público escalones para el enriquecimiento ilícito que les asegure impunidades, siendo capaces de vender hasta la madre. ¿Y qué se puede esperar de un juez corrupto, un fiscal prevaricador o un torturador de oficio? De allí, las típicas conductas, por lo general, de las policías en regímenes dictatoriales. Conductas propias de los asesinos de Jorge Rodríguez, a quienes un jefe de policías como el doctor Octavio Lepage entregara a la justicia y leamos su versión (La Conjura Final, Octavio Lepage: 60 años de luchas políticas, Javier Conde, Editorial Alfa 2012).